Ella y Él
Cuando él, con su cínica humildad disfrazada de verdad, rogó nuevamente su perdón jurando que nunca mas iba a ocurrir y asegurando que cambiaría; ella una vez mas, escondió en una sonrisa su pena, dejó en el recuerdo el dolor de sus heridas y con lágrimas de amor en los ojos, le dio otra nueva oportunidad.
Ella, con su ilusión intacta, creyó haber conseguido esa felicidad tan esquiva como anhelada, que soñó desde su pubertad; él acompañó nuevamente aquella hermosa ilusión, con la imagen irreal de un comportamiento que iba contra la esencia de su propio ser.
En la escasa racionalidad de sus pensamientos, ella conocía la verdad de su destino; pero la confusión que él había sembrado en su interior, la estimulaban y le decían que esta vez iba a ser diferente. De esa forma, ella volvió al comienzo de un camino sin retorno, al inicio de una historia que siempre contaba el mismo final; él logró el sórdido y espeluznante objetivo de someter a su antojo, la voluntad de su confundida víctima.
Con mucho esfuerzo, ella logró mantener por un tiempo la alegría de su maltrecho corazón. Sacrificando gustos, alejando amistades y dejando de lado gran parte de su vida, creyó que él sería el hombre que siempre había soñado.
Pero la frágil paz hogareña, duró lo que un suspiro de su desconsuelo; la realidad le demostró de la forma mas cruel que todo ese esfuerzo fue en vano; esa efímera felicidad se desvaneció junto a la mentira de aquella falsa armonía.
Ese día, él volvió a mostrar el lado oscuro de su alma. La mente enferma y retorcida que lo dominaba susurró una pequeña duda sobre ella; eso bastó para despertar su reprimida ira.
Ella juró amarlo y le aseguró que estaba equivocado; para él, ese sucio pensamiento que lo atormentaba era la única verdad; él no tuvo la suficiente confianza para aceptar que ella no le mentía.
Una vez mas, ella quedó en desventaja y suplicó por su vida, pero él y su sucia imaginación machista, negaron la realidad y no la escucharon.
Las reglas que él impuso siempre fueron claras, ella le había fallado a su confianza y eso tenía consecuencias; ahora él debía corregir la osadía de su alma descarriada y asegurarse que ella volviera a ser la dócil mujer que pretendía.
Como otras veces, una llamada anónima, alertó a la policía sobre un caso de violencia doméstica en aquella casa. Sin apuro, porque ya conocían el final de la historia, los oficiales fueron a cumplir la rutina inútil y sin consecuencias, de hacerse presentes en el lugar del supuesto hecho. Como siempre, él y ella, por diferentes motivos, negarían lo ocurrido; inventando sórdidas mentiras y argumentando insólitas excusas, tratarían de explicar lo inexplicable.
Pero esta vez, todo fue diferente. Cuando la policía llegó al lugar, los recibió el perturbador silencio de la muerte; dos cuerpos en el piso de una habitación en penumbras, pintaban la aterradora imagen de un drama tan previsible como evitable.
Ella, sentada en el piso del rincón mas lejano, lo abrazaba y acariciaba con ternura su cabello empapado en sangre. A pesar de haber sido maltratada por años, lloraba desconsolada por la culpa que él había arraigado en su perturbada mente.
Él yacía en su regazo, la muerte lo tomó por sorpresa; nunca imaginó que ese día dejaría escapar la vida y con ella, la oportunidad de ser feliz junto a ella, la mujer que siempre lo había amado.