La Noche y la Luna (Fabula)
La Noche llega con su penumbra para hacerse cargo del tiempo; sin pedir permiso a nadie, reclama su momento desplazando al Día.
Conociendo lo inevitable de su destino, el Día encuentra consuelo al saber que, luego de unas horas, volvería ocupar su lugar en el firmamento.
Un destello de luz se encarga de anunciar su llegada, terminando con la oscuridad en la que se ocultaba la Noche; pero ella tal como el Día, sabe con certeza que en pocas horas, volverá a reinar en el crepúsculo de su propia existencia.
Así, el círculo se cierra; por cada Noche que muere con la luz del alba, nace un nuevo Día que desaparece inexorablemente, bajo el oscuro velo del ocaso.
El inicio y el fin de uno y otro, es lo que comparten cada vez que transcurre su fugaz encuentro, siendo el Amanecer y el Atardecer, únicos testigos de su efímera convivencia.
Una vez, el Viento al pasar por las Montañas, le contó un secreto a la Luna, que asomaba sobre el pico más alto; le habló de la soledad, triste destino al que estaba condenada la Noche. El Día en cambio, siempre llega acompañado por el Amanecer y cuando se acerca la Noche, se aleja presuroso junto al Atardecer.
Las Nubes, escondidas detrás de las Montañas, sin querer escucharon lo que el Viento dijo sobre la soledad de la Noche, y cargadas de pena, lloraron sin consuelo por la tristeza que ella padecía. Sus lamentos se hicieron Truenos y sus lágrimas Lluvia, empapando al Atardecer, que como siempre, se retiraba con el Día.
Animadas por el Viento, las Nubes dejaron de llorar y se alejaron junto a los Truenos y la Lluvia hacia las Montañas.
En su retirada, encontraron al majestuoso Sol que como siempre, antes de esconderse tras el Horizonte, admiraba su brillante reflejo en la pequeña laguna del valle.
Intentando aliviar la pena que según el Viento padecía la Noche, a la Lluvia se le ocurrió una idea y con mucho respeto, le pidió al astro rey que la ayudara.
El Sol accedió y justo antes de que llegara la Noche, con la Lluvia formaron un hermoso Arco Iris que llenó de colores el gris Atardecer de aquella jornada; la Lluvia pensó que la belleza de aquel colorido alegraría a la Noche, alejando la pena y la tristeza que le provocaba la soledad.
Pero el Sol le aclaró a la Lluvia que su esfuerzo sería en vano, que todos los colores del Arco Iris estaban condenados a desaparecer, cuando la Noche llegara y desplegara la penumbra de su oscuro manto.
Desilusionadas, las Nubes y la Lluvia retomaron su camino, intentando alcanzar a los Truenos que ya se habían alejado; se llevaron con ellas al Arco Iris que poco a poco, se desvanecía perdiendo su colorido encanto.
El Sol, compañero inseparable del Día, cumplió con su destino y por unas horas cedió su reino a la Noche, que llegaba presurosa mientras el Día se iba con el Atardecer.
Al enterarse de lo que había dicho el Viento, la Noche a todos aclaró: “Pero yo no estoy sola…”; le pidió permiso a las Nubes que se alejaban con la Lluvia, y cuando éstas se hicieron a un lado, un montón de Estrellas rodearon a la Noche; entonces les dijo: “Ellas son mi compañía…”.
Pero si no estaba sola, cuál es el motivo de su tristeza preguntó la Lluvia; La Noche confesó: “Siento pena por extrañar a la Luna, que una vez al mes se llena de luz y me ilumina como el Sol al Día...”.
Al escuchar a la Noche, el Viento avergonzado, se escondió detrás de las Montañas; las Nubes y la Lluvia siguieron su camino, y en su recorrido, se cruzaron con la Luna despidiéndose del Arco iris.
Sin saber lo que por ella sentía, la Luna iba a ver a la Noche para hacerle compañía; así, con su presencia, alejaría a la soledad que según le había contado el Viento, sin piedad la atormentaba.
Así, la Noche dejó a un lado a la tristeza, y la soledad continuó sola con su existencia; el Viento aprendió la lección y dejó de repartir secretos; cuando pasaron por las Montañas, le dio un empujón a las Nubes y a la Lluvia que intentaban con esfuerzo alcanzar a los Truenos, mientras el Sol, en el ocaso del Día, se ocultó una vez más tras el Horizonte.
Desde aquel momento, la Noche y la Luna entendieron que solo estando juntas, gracias a la oscuridad de una, la otra brillaría con todo su esplendor.
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