Mujer
Mujer, esa que nos da vida, la que ama y se entrega por completo; la autora responsable de la creación de la humanidad, obra máxima y sublime que representa nuestra propia existencia. Mujer, esa a la que aprendemos a amar desde su propio vientre, la incondicional mentora de nuestro futuro.
Mujer, esa de la que un día nos enamoramos, la que nos regala sin reparo su juventud, sus mejores años, toda su vida; esa a la que además le sobra tanta generosidad como para concretar el milagro de convertirnos en padres.
Mujer, esa a la que durante siglos, obligamos a ser sumisa y callar, aún sabiéndose, infinidad de veces, dueña de la razón.
Mujer, esa que dejamos relegada a su propio destino, un destino que escribimos y manejamos nosotros los hombres, desde la clandestinidad de nuestro enfermizo e idolatrado machismo, cargado de egoísmo, prejuicios y enormes desigualdades.
Mujer, eternamente relegada y prácticamente olvidada por una sociedad de fuertes raíces patriarcales que, inmersa en su propia hipocresía, ignoró durante años, la verdadera importancia que tenía sobre todo y sobre todos.
Hoy, aunque a muchos les cueste aceptarlo y les duela en el alma, los hombres hemos perdido ese dominio y esa exclusividad, tan injusta como maldita, que teníamos sobre ellas; debimos abdicar ante una realidad que en algún momento de la historia, nos dejó sin argumentos y muchas veces, sin palabras.
Todos, de una forma u otra, tenemos o tuvimos una mujer ligada a nuestra vida, y a pesar de ello, hay muchos que con el tiempo, olvidan su importancia. Inescrupulosos y falsos “machos”, que con su retrógrada mentalidad, abusan de ellas y de todos sus derechos impunemente, maltratando y vulnerando cada uno de los valores que un día, esas mismas mujeres les enseñaron e inculcaron.
Nosotros, los hombres, especialmente los que no dignifican y reconocen la importancia del rol que la mujer tiene en nuestras vidas, no olviden que una mujer fue quien, con su dolor y su esfuerzo, los trajo a este mundo y que una mujer fue también quien le dio vida a sus hijos. Por eso debemos aprender y principalmente enseñar a quienes, inmersos en su propia ignorancia y su patética forma de pensar, aún no han entendido que a una mujer se la debe respetar siempre; todas y cada una de ellas merecen eso y nosotros, los que sentimos el orgullo de amar a nuestras esposas, madres, hijas, hermanas, abuelas y tantas otras mujeres importantes que nos acompañan y acompañaron en este camino, tan complicado como hermoso que es la vida, debemos luchar para que esto sea realidad.
Ser hombre no significa pedir perdón o regalar una rosa luego de un agravio; ser hombre es saber valorar a la mujer que está a nuestro lado; es tener la humildad de pedir perdón cuando nos equivocamos; es sentir pena cuando olvidamos decirle lo importante que es en nuestra vida; es arrepentirse de no decirle cada día cuánto la amamos, es respetarla y ayudar a que otros la respeten; es regalar una rosa, por el simple hecho de robarle una sonrisa.