Natura
El sol asoma una vez mas en el horizonte, la tenue claridad de su despertar anuncia el comienzo a un nuevo día.
Sin pausa y sin apuro, recorre la enorme esfera que forma el cielo sobre cada uno de nosotros, dibujando una parábola invisible que demora cerca de doce horas en completarse.
En ese transcurrir de luces, colores y sensaciones, cambia sutilmente esa claridad que en su nacimiento lo caracteriza, por la incipiente y casi misteriosa penumbra de una nueva noche que comienza. Es una transición casi mágica, que se repite una y otra vez desde el inicio mismo de los tiempos; una maravillosa y perpetua secuencia en la que el día despide a la noche, para luego de unas horas, darle nuevamente la bienvenida.
El mar, en absoluta calma, refleja indistintamente al sol y la luna, creando esa hermosa y casi perfecta imagen que, en infinidad de ocasiones, fue inspiración de diferentes formas de arte.
El horizonte se funde con la tierra creando diferentes y variadas formas, en una falsa unión que engaña el sentido visual de quien, alguna vez, intentó la imposible tarea de alcanzarlo, sin darse cuenta que lo único que logra al acercarse, es alejarlo.
Hasta cuándo la naturaleza nos va a permitir disfrutar de tanta belleza?.
Cuál será el tope de su paciencia?.
Cuántas veces, a su manera, nos va a sugerir hacer un cambio profundo en nuestra forma de actuar con respecto a ella?
La naturaleza está molesta e inquieta, por eso nos dice con hechos cada vez mas seguidos y destructivos, que necesitamos tratarla de otra forma.
Su voz se escucha en los vientos que giran incontrolables dentro de tornados implacablemente destructivos, exigiendo que escuchemos su reclamo. Empapa nuestra ignorante y temeraria arrogancia con tsunamis, inundaciones y riadas, que arrasan sin un ápice de piedad, todo lo que se encuentra a su paso. Sacude sin remordimiento nuestra irreverente soberbia con fuertes terremotos, como queriéndose sacar de encima todo ese mal que le infringimos.
Nosotros, desagradecida y decadente humanidad, la atacamos como queriendo encontrar el límite de su paciencia, sin tomar en cuenta el peligro que implica enfrentar semejante desafío.
La naturaleza amenaza con furia el futuro de nuestra permanencia dentro su reino. Nuestra propia vanidad nos está condenando al destierro de lo que hoy llamamos hogar.
Con el pasar de los siglos, hemos ignorado una y otra vez, innumerables advertencias en forma de poderosos cataclismos, que han marcado a nuestra tierra, dejando heridas que nunca terminan de curarse y huellas que jamás se pudieron cerrar.
Nos creemos dueños de la verdad, de todos los secretos de la vida; somos artífices y creadores de las invenciones mas maravillosas que supuestamente facilitan nuestra vida cotidiana, pero no nos damos cuenta que no hay nada que pueda crear el hombre, desde el inicio mismo de su existencia, que pueda dominar, ni detener, ni siquiera aplacar, la furia del mayor peligro que la humanidad alguna vez debió enfrentar, la madre naturaleza.
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